Lo que he aprendido del Yoga

Lo que he aprendido del Yoga

Constantemente leemos en libros, escuchamos de maestros y los profesores de yoga constantemente lo repetimos, que el Yoga significa UNIÓN. La pregunta filosófica que se desprende de esta afirmación tan profunda es, ¿unión con qué?

El yoga no es una religión, es un camino espiritual que nos invita a recordad una verdad profunda que esta anclada en nuestro ser. Sin embargo, por nuestras circunstancias, creencias, miedos, pensamientos automáticos y desconexión, nos cuesta escuchar esa verdad. De allí que, el camino del yoga sea un camino compuesto por varias ramas o prácticas, que llevan a un mismo destino: experimentar la UNIDAD con Dios.

Paradójicamente, practicar yoga no te exige creer en Dios. Al contrario, el yoga te invita a experimentar a Dios con un método, y es esta es la clave, de su profundidad espiritual. En el yoga no hay un dogma de fe, no hay un sacerdote o una iglesia, hay una verdad muy profunda: la Divinidad está presente en tu interior, solo la debes despertar. Es decir, Dios no esta afuera, esta dentro de nosotros y en todo lo creado. Somos UNO con el TODO. Ahora, la siguiente pregunta es ¿cuál Dios?

El yoga no es solo una filosofía, no es una religión, no es ejercicio físico, es una cosmovisión del Universo dentro de ti y que se expande más allá de esta realidad del tiempo y el espacio.

Hay un mantra en sáncrito que dice Sat Chit Ananda, que se traduce como: "Existencia eterna, Consciencia y Bienaventuranza o Felicidad Absoluta. Este termino, desde mi punto de vista, engloba de cierto modo el estado de UNIÓN del yoga. En el yoga no existe la apropiación de un Dios, te invita a estar en su presencia. En el yoga se habla del Ser, de la conciencia infinita, del amor incondicional, de estado de gozo de conectar con la Divinidad, lo que para tí se traduzca como Dios. En ese sentido, el yoga es "democrático". No te exige cree en este u otro "Dios", tu puedes conectar desde tu versión de Dios Judeo-Cristiano, desde Alá, Budha, Shiva o Khirsna. Porque el yoga no se concentra en la forma, sino en el fondo. No le importa como lo llames, sino que conectes verdaderamente con su esencia y que lo experimentes, sin juicio, sin dogma, solo: Sat Chit Ananda.

Crecí en una familia católica, estudié en colegios católicos y mi fe en Jesús es inquebrantable. También, es cierto, que desde niña me he sentido incómoda con algunos dogmas del catolicismo, con un Dios iracundo, que castiga, donde el pecado, el miedo y culpa son parte de la cultura cristiana; aspectos que en vez de expandir, se sienten como una camisa de fuerza. Pero mi nivel de dogmatismo, me hizo pensar en un momento que hacer yoga era un pecado, porque podía estar abriéndome a otros dioses o entidades demoníacas, por esta visión pecaminosa de todo lo que es diferente a la iglesia, cuando para mí la práctica de yoga se sentía bien en mi cuerpo, mente y estado de animo. Y como todo lo que proviene de Dios es bueno, comencé a dudar.

Cuando muere mi madre en el 2020, me enfurezco con Dios porque no pude despedirme de ella, y siendo su única hija, no pude acompañarla en sus últimos momentos. Esta injusticia, la sentí como un castigo y la culpa me lleno de mucha rabia y dolor. Pasé días en shock, sin ánimo de nada, al punto de sentir que mi vida ya no tenía sentido. En una sesión como mi tanatóloga me hizo ver que estaba llevando al suicido. En ese instante, entendí que debía hacer algo por mí para rescatarme. Hacer yoga se convirtió en mi salvavidas y refugio seguro. Mover mi cuerpo y con ello mis emociones implicó un renacer. Una noche llegó a mí un mantra que comencé a repetir sin saber muy bien qué significa. Ese mantra fue Om Namah Shivaya. Empecé a recitarlo con fuerza, entre lágrimas y en un momento de trance apareció mi mamá, bella, vestida blanco, sonriéndome. No sé si fue algo producto de mi imaginación, pero ese momento, mi corazón sabía que había algo más allá, que la muerte sólo era física, pero su presencia, su amor, seguía conmigo y guiándome en cada paso. Fue así como mi práctica de yoga se intensificó y con ello se amplió mi percepción para conectarme con la Divinidad.

El yoga me enseñó que Dios no está fuera de mí, sino que reside dentro de mí. Pasé de rezarle a un Dios que estaba lejano y afuera, a escucharlo dentro de mi ser desde el silencio. El yoga ha significado re-conocer que la Divinidad habita en mí y reconstruir mi relación con Dios, desde un lugar de amor, sin juicio y lleno de pura presencia. Cuando podemos absorber a Dios de esta manera, sin juicio, sin división, en todo lo creado en el Universo, algo dentro de nosotros comienza a cambiar. El sufrimiento deja de tomar un espacio grande en nuestra mente para ser observado; y en consecuencia, se comienza a vivir en más calma y armonía.

La práctica del yoga, en sus distintas expresiones: Asanas, Pranayama, Bakthi, Mantra, Karma, Jnana, en su conjunto, buscan purifican nuestro cuerpo, energía, emociones y pensamientos, con el fin liberarnos del sufrimiento anclado en nuestra mente, para vaciarnos del EGO y abrir nuestra consciencia y nuestra percepción a ese Dios infinito, amaroso, que es consciencia pura y esta presente en todo. Cuando experimentas esta energía de amor incondicional, lo permanente sale a la superficie, para recordarnos que somos UNO, que somos seres espirituales viviendo una experiencia humana, pero que lo permanente y verdadero es la Unión con Dios.

Lamentablemente, como seres egoícos que somos, nos queremos apropiar de Dios. Nuestra arrogancia, ignorancia e inmadurez humana, nos hace querer ser dueños de Dios, cuando esta en todos y es para todos. Dios no tiene un pueblo elegido, todos somos su creación. Dios no nos exige cumplir con unos requisitos "para ir al cielo", solo amarnos los unos a los otros. No esta en guerra, es amor y democrático. No nació en China, en África o Medio Oriente, creo este mundo para todos los seres que habitamos este planeta. Y esta visión, no invalida mi fe en Jesús, la re-dimensiona y expande.

La práctica de yoga ha significado para mi conectar con mi propia divinidad, abrazarla y sentir una expansión indescriptible. Hacer la práctica de meditación asanas o mantra, es mi momento sagrado que me permite estar en comunión con lo más sutil dentro de mí a través su presencia. Es hacer silencio, parar escucharlo, es volver mi centro. La realidad nos hace estar sumergidos en la sobrevivencia, el drama y el ego, por lo que percibir la divinidad que está en nuestro ser, se hace complicado si no cultivamos ese espacio con consciencia e intención.

Dios esta todo, en cada vida que es sagrada, en la naturaleza, en los animales y en todo lo creado. Por eso, el acto sagrado de amarnos a nosotros mismos, a los otros, a ser compasivos y a no juzgar, es el acto más espiritual. Tener un buen diálogo interno, bonito, cultivar hábitos sanos, llevar un ritmo de vida más lento y ser amables con nosotros mismos y con los demás, es estar en conexión. Respirar profundo, movernos con gentileza, cuidar y vivir en armonía con la naturaleza, proteger y cuidar a los animales, es honrar la divinidad. Todo esto es YOGA. El Yoga no es solo los Asanas complicados, las técnicas de breath work o tener un estilo de vida saludable, es conectar con la profundidad de tu ser y entrar en intimidad con la presencia de Dios, sentir su amor incondicional, su luz y su paz, que guían nuestra vida. Y es allí, cuando el mayor de los Yoguis, Jesús, cala con su mensaje de AMOR porque vivir en amor es encarnar a Dios en nuestro ser: Sat Chit Ananda.