¿El yoga implica ser vegano?
Esta pregunta incómoda me ha acompañado por mucho tiempo. Llevo años practicando yoga; sin embargo, no he logrado ser vegana. Por no ser vegana, la culpa y el síndrome del impostor se instalaron en mi cabeza por un buen tiempo: pensando que no era una buena o completa yogui.
La práctica de yoga tiene dentro sus principios los yama y los niyamas (ética personal y social), ambos principios son parámetros de conducta y comportamiento que han de acompañar la práctica física. El primer Yama es Ahimsa, traducido como No Violencia. Este Yama fundamental, descrito en los Yoga Sutras de Patanjali, y que hemos conocido en occidente a través de Gandhi, es uno de los pilares del Yoga. La práctica de la no violencia es muy profunda, llena de varias capas, cuya máxima visión es la práctica de la comunión con el otro. Un principio super difícil de encarnar para la humanidad, cuya historia ha sido de domino, juicios, guerras y conquistas.
La práctica de la no violencia también está descrita en la biblia, en el quinto mandamiento, no matarás. Sin embargo, en la cosmovisión del yoga, no solo se refiere a no matar a otro ser humano, sino que además implica una concepción mucho más profunda, que es el evitar hacer daño físico, mental o verbal además de a otros seres, también hacia nosotros mismos.
Allí la práctica vegana cobra sentido integral y ético, puesto que no consumir carne, es evitar el sufrimiento de nuestros hermanos los animales. En ese sentido, el yoga desde la visión donde todos UNO, inclusive con la creación entera, nos exhorta a través de este principio, a no ser violentos con seres con quienes compartimos este planeta: los animales y la naturaleza. De allí que el yoga nos invite a vivir en armonía.
Si bien es cierto que la práctica de una alimentación vegana, además de ser ética y armónica con la naturaleza, nos ayuda a abrir nuestros canales de percepción sútil. En ese sentido, la dieta vegana es más amable con nuestro cuerpo, el proceso de digestión es más ligero, el proceso es más limpio y, por ende, nuestros canales de percepción energéticos y de conexión se amplifican. En momentos específicos de mi práctica espiritual, y en especial, cuando he asistido a retiros, peregrinajes o estoy atravesando procesos internos espirituales, he practicado de manera activa una dieta vegana para desintoxicar mi cuerpo, y en efecto, el cambio energético se siente.
Pero, al igual que tú soy una persona normal, nací en Venezuela, en occidente, y si bien procuro comer muy conscientemente, no soy vegana. Mi practica se base en el balance. Procuro no comer alimentos procesados o en la menor medida posible en mi dieta diaria. Los vegetales y las frutas siempre están presentes en mi día a día, solo consumo azúcares naturales como la miel de abeja local no industrial, no consumo refrescos o snacks llenos de químicos, porque son dañinos para la salud de nuestro cuerpo. Asimismo, he disminuido los niveles de consumo de carne roja y la he reemplazado mayoritariamente por una dieta rica en pescado y alimentos del mar que nosotros mismos pescamos. No obstante, sigo siendo carnívora. Por mucho tiempo, me cuestioné mi dualidad pensando que no era suficiente o fracasada espiritual.
En mi caso, cuando he hecho dietas veganas, si bien me siento muy bien fisicamente y profundamente conectada a nivel espiritual, mi cuerpo no tiene la misma fuerza y energía física. Me descompenso fácilmente y me siento más débil. Cuando he hecho estas prácticas, mi límite en promedio ha sido entre unas 6 semanas, pero al ser yo de contextura delgada, durante estos procesos pierdo mucha masa muscular y me debilito, por lo que vuelvo a dieta carnívora para balancear la descompensación. Obviamente este es un cambio que se debe ser paulatino, que a veces tarda años, y preferiblemente debe ser acompañado de la mano de un nutricionista para que tus valores se mantengan en el nivel óptimo.
Como practicante de yoga, admiro profundamente a las personas que han logrado dar ese salto cuántico en sus vidas y pasar de ser carnívoros han pasado a ser veganos. Personalmente, después de investigar, escuchar diferentes puntos de vista y procesos de dieta vegana a los que me he sometido, llegué a mi verdad, la de Vanessa, a lo que se adapta mí: una dieta balanceada y consciente.
Uno de mis maestros me dijo un día en la India, no naciste en este lado del mundo, naciste en occidente, no vives en el Himalaya o en Ashram, eres una persona normal, por tanto disfruta de la pizza, del café y de la comida sin culpa; eso sí, hazlo con conciencia y cuando hagas un proceso vegano, hazlo como una ofrenda a la Madre Divina. Esas palabras fueron reconfortantes y fue como si me quitarán una mochila de prejuicios de encima. Reconozco, que muchas veces sentí vergüenza por ser profesora de yoga y no ser 100% vegana. Pero a partir de esas sabías palabras de mi maestro, cobró sentido para mí el Ahimsa, no ser violenta conmigo misma. Más allá de obligarme a ser vegana para encajar en una nueva identidad poniendo en riesgo mi salud con una dieta que no se adapta a mí, integre un proceso de alimentación consciente y desde el amor.
Mi primer paso fue hacer un proceso profundo de desintoxicación, desde el tipo de aceites cocinaba hasta productos de higiene personal tóxicos. Integré cambios en mi estilo de vida, sin ser violenta conmigo misma: hoy día procuro comer sano, natural, mayormente con comida hecha en casa, sin tantos procesos o preservantes químicos y de manera consciente. Como pasta pero hecha al huevo, como huevos que sean de granjas con libre pastoreo y sin hormonas, pescado como mayor fuente de proteína, miel como endulzante natural y artesanal, leche a base de plantas de avena, pistacho, almendras o nueces, no consumo refrescos pero sí agua carbonatada, mi café es religioso y el té está presente, no consumo snacks con colorantes, consumo quesos, vegetales, frutas y carne roja cuando mi cuerpo me lo pide, y si viene en forma de hamburguesa, bendita sea, me la como sin culpa.
Parte de los aprendizajes de la vida es vivir en balance. Más que cumplir con un requisito, es elegir un camino sostenible para ti y coherente con tu verdad. No se trata de blanco o negro, de bueno o malo, sino integrar la dualidad. Es cierto, que ser vegano es éticamente responsable con el medio ambiente, es armónico con la naturaleza, en especial amable con los animales, pero eso no te hace más espiritual o mejor. Ser buena persona es un apostolado que se vive día a día con nuestra forma de vivir, con nuestras palabras y acciones. En mi caso, mi mejor dieta es vivir en consciencia. Ser vegana no me hace mejor persona, ni mejor profesora de yoga. Es una decisión muy personal, que admiro y respeto, en aquellas personas que lo han logrado y sostienen. También, reconozco mi humanidad, y no ser vegana, me recuerda lo mucho que me falta por recorrer en mi camino espiritual, me da humildad, y al mismo tiempo, honestidad para abrazar mi verdad. No soy perfecta, soy tan normal como tu y procuro día tras días, a veces con tropiezos a veces con pequeños avances, vivir en conciencia y armonía con esta hermosa casa que nos compete a todos llamada Tierra. Y con respecto al Ahimsa, a ser amable conmigo misma, a no juzgarme por no ser vegana, a ser consciente con lo consume mi mente, con las palabras que alimentan mi diálogo interno y externo, y especialmente, ser respetar mi cuerpo.
Espero que este artículo te sirva y te ayude a construir tu propia verdad con Ahimsa.